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All-over Cuando Carlos Arias me mandó fotos de su obra reciente y vi que se trataba de arbustos, presentí el chascarrillo. En seguida recordé que éste había sido el núcleo de su proyecto para ingresar al Sistema Nacional de Creadores, el año pasado. Todo parecía indicarme, pues, que la actual vena productiva de Arias delataría un mero proceso de transición. Para él, no es así. En corto, su intención era dar al paisaje un tratamiento de naturaleza muerta. Sus primeros cuadros de la serie salieron abstractones, algo gestuales, lo cual prefería él evitar. Y para acabar con el indeseable escollo impresionista, adoptó el rasgo de sabiduría china según el cual uno no pinta la montaña sino que es la montaña. “Ejercer la pintura es igual a cualquier otro oficio, vaya, ¡es como ser peluquero!”, dice Arias. Dejando a un lado la exigencia de cualquier responsabilidad social, la tiranía de lo teórico y el imperativo de articular conceptos y discursos edificantes, se dedicó entonces a practicar la pintura, a buscar las fronteras de la forma y los límites de la materia, a desandar el camino, a trabajar lo adquirido, a recobrar la fineza del color y la transparencia de la materia a las que había renunciado diez años atrás. Un poco como en sus retratos de principios de los noventa, tres exigencias se han recuperado y mantenido: la falta de complejidad en la composición, la imagen entera resuelta a manera de primer plano u all-over (sin que se imponga el close-up), y el borde como recurso estructural y metafórico. El problema con el arbusto es que no tiene tema, dice Arias. Tampoco tiene relación con el espacio, puesto que satura con su verdor tupido la tela, o bien resulta recortado pincelada tras pincelada, cual plano independiente, entre otros dos campos cromáticos a veces antagónicos: el cielo y el suelo. En ambos casos, puede incluso producirse la sensación de paisaje “ideal”, tautológico, que emparenta de pronto la imagen con una vista abstracta. Y cuando el autor se da el lujo de representar una buganvilia, se esfuerza por diluir la eventual cursilería en un lenguaje visual asimilado al realismo y a encuadres arbitrarios que evocan las tomas fotográficas. Las pinturas de Carlos Arias son hoy muy simples, acaso elementales. Pese a su gran formato y a la pulcritud de su factura, podrían confundirse con estudios. Cosa no tan sorprendente si se toma en cuenta que su obra anterior, concentrada en el bordado y en la manipulación textil, le demandó un largo aprendizaje manual y conceptual para lograr acceder, como parece intentarlo ahora, a un grado mínimo de expresión y de pretensión. |